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Del debate técnico a las calles: el 50/50 en su fase más política y entre protestas

Lo esencial: El modelo “50/50” dejó de ser una promesa política y se convirtió en uno de los principales focos de tensión social y territorial del país, con paros, marchas y bloqueos mientras el Gobierno avanza con mesas técnicas para aplicar la reforma desde 2026.

Por qué importa: El debate ya no ocurre únicamente en el plano técnico; se ha convertido en una prueba de gobernabilidad y en el centro de una disputa sobre cómo redistribuir recursos, competencias y poder en Bolivia.

  • Con apenas dos gobernaciones alineadas políticamente al Ejecutivo, el gobierno de Paz enfrenta un mapa territorial fragmentado donde cada negociación regional puede escalar rápidamente a un conflicto nacional.

¿Qué es el 50/50?: Es una propuesta de la campaña electoral de Rodrigo Paz para que el dinero del Estado se reparta a la mitad: el 50% se queda en el Gobierno de La Paz y el otro 50% se manda a los departamentos, las ciudades y las universidades, para que ellos decidan en qué usarlo.

  • En vez de que todo se maneje desde el centro, cada región podría decidir más sobre hospitales, escuelas, carreteras y proyectos, con menos papel del Gobierno nacional y más poder local, al menos discursivamente.

La polémica: En los hechos, no está claro qué recursos abarcará el 50/50 ni cómo se cubrirán obligaciones estructurales del Estado, lo que ha generado inquietud incluso entre sectores que respaldan la descentralización.

  • No se ha precisado si incluirá coparticipación tributaria, Impuesto Directo a los Hidrocarburos (IDH), regalías o la totalidad del Presupuesto General del Estado.
  • Tampoco se ha explicado cómo el Tesoro General cubrirá la deuda externa, subvenciones, defensa, programas sociales y transferencias condicionadas.
  • No existe hoja de ruta normativa, estudio actuarial ni análisis de impacto en el déficit fiscal.

El dilema: Bolivia arrastra un modelo autonómico políticamente fuerte, pero fiscalmente incompleto, donde las competencias transferidas no siempre estuvieron acompañadas de recursos suficientes ni reglas claras de corresponsabilidad.

  • Entre las interrogantes técnicas están si requiere reforma constitucional, si se aplicará vía pacto fiscal o ley ordinaria, si habrá transición gradual y si existirá corresponsabilidad fiscal obligatoria.
  • El 50/50 podría convertirse en la reforma descentralizadora más profunda de las últimas décadas o en un experimento riesgoso sin blindaje macroeconómico.

Estado actual: Sectores afines al evismo han incluido entre sus demandas la concreción del 50/50, mientras que otros embanderan el rechazo.

  • Gobiernos autónomos departamentales, alcaldías y universidades públicas empezaron a utilizar el 50/50 como carta de negociación para exigir más recursos y autonomía real sobre presupuestos, proyectos y competencias.
  • La demanda estuvo mucho más latente este fin de semana durante el Gran Encuentro Nacional de Cochabamba.
  • El magisterio nacional convocó paros de 24 y 48 horas esta semana, advirtiendo que una descentralización acelerada podría trasladar responsabilidades sin garantizar financiamiento suficiente ni estándares mínimos nacionales.

El panorama regional: Las demandas varían según el territorio y sus prioridades históricas.

  • En Santa Cruz y Tarija, el 50/50 es una bandera autonómica ligada al reclamo por mayor control del gasto, las regalías y participación en decisiones sobre gas y proyectos estratégicos.
  • En Potosí, la demanda mantiene la lógica de “aporte versus retorno”, especialmente alrededor de la minería y los beneficios directos para las regiones productoras.
  • Beni, Pando, Oruro y Chuquisaca intensificaron la presión con reclamos vinculados a carreteras, servicios básicos, integración vial y proyectos productivos.
  • En Cochabamba, considerada región bisagra por su peso político y logístico, el debate gira en torno a la gestión urbana, conectividad y redistribución equilibrada de recursos.

El trasfondo: Gobernaciones, alcaldías y universidades impulsan un paquete más amplio que incluye autonomía financiera, redistribución de competencias, reforma del pacto fiscal y mayor participación en la gestión de recursos naturales.

  • Las regiones reclaman poder decidir cómo gastar su parte de los recursos y exigen atribuciones más amplias en salud, educación, desarrollo productivo y seguridad, reduciendo la dependencia histórica del nivel central.

Sí, pero: El avance técnico del proyecto abrió nuevas dudas sobre la capacidad institucional de muchos gobiernos subnacionales para manejar incrementos bruscos de recursos sin riesgos de ineficiencia, desigualdad territorial o corrupción.

  • Analistas advierten que el 50/50 podría terminar descentralizando también la crisis fiscal si no se establecen sistemas nacionales de control, transparencia y coordinación entre regiones.
  • Sectores críticos alertan que el proceso podría profundizar desigualdades entre regiones con distinta capacidad administrativa y recaudatoria.

Entre líneas: El llamado pacto fiscal —que involucra coparticipación tributaria, IDH, regalías e incluso posibles impuestos compartidos— se convirtió en el verdadero debate de fondo.

  • Para las regiones, representa la oportunidad de redefinir la relación con el Estado central; para sectores críticos, existe el riesgo de fragmentar aún más la capacidad financiera del país en medio de desaceleración económica y conflictividad social.

La conclusión: El Ejecutivo sostiene que la propuesta busca corregir décadas de centralismo fiscal, con el nivel central asumiendo un rol más regulador y coordinador mientras gobernaciones y municipios administran directamente recursos de salud, educación e infraestructura.

  • El 50/50 ya no se discute solo como una reforma económica: es una disputa sobre el modelo de Estado.

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